“El armario de luces y sombras” de Román Hernández: una apoteosis del testimonio y el encuadramiento.

Etiquetas

El Armario de luces y sombras de Román Hernández: una apoteosis del testimonio y el encuadramiento

Dentro de la tradición escultórica de Canarias podemos distinguir escultores cuyo objeto no sólo es la figura humana sino su trascendencia. Este linaje de autores ha tenido que hacerse acreedor de una técnica capaz de acometer la complejidad y el desafío de la formas, de superarlas en el más allá de la expresión o del querer decir. Luján Pérez (1756-1815), Fernando Estévez (1788-1854), Borges Salas (1901-1994) o, más cercanamente, Manuel Bethencourt (1931), Juan Bordes (1948) y Ana Lilia Martín (1963), entre otros, ilustran, de igual modo que nuestro autor, el fervor escultórico por el cuerpo de la mujer y el hombre, la pasión del creador que busca a través de sus realizaciones esculpidas la palabra certera que habilite una comunicación. Para ellos el continente de la escultura es portador de una emoción o un pensamiento inasibles antes de ser trasladado al rostro o las manos, el torso o el vientre. El escultor confía parte de sus anhelos al cuidado y la nobleza de la ejecución que ha de superarse así misma por alcanzar al otro. Hermosa encrucijada del que asume los trabajos y las cargas de su oficio como camino para el vuelo.

Sólo unas grandes dotes y una gracia, a prueba de desfallecimientos, podrían librarnos de la reflexión a la que nos obligan nuestras expresiones y mapas corporales. Es un objeto demasiado complejo en lo puramente formal y peligroso en lo emocional, porque nos somete al laberinto de los espejos. Es común oponer el crítico al talento realizador del artista. Se suele decir que el crítico es un artista frustrado. Pero la autocrítica (y sus herramientas subalternas)es también un don recibido, una potencia que se nos ha entregado, lo mismo que la facilidad. La autoevaluación, el sometimiento al control crítico (ya sea reflexivo o transitivo), la apertura a lo otro y los otros, incluso la enunciación y el canto autoafirmativo de las poéticas, son formas y estrategias del análisis que puede acudir, en ayuda, como parturientas, del buen fin del alumbramiento. Es difícil hallar un artista que prescinda de la reflexión sobre su propio arte. El caso de Mozart es extraño, parece prescindir de todo tipo de pensamiento sobre su obra, él trasciende directamente, se sitúa en la orilla de los frutos entregados, sin meditar ni el por qué ni el cómo. En otros la meditación sobre la creación permanece implícita, existe pero no se evidencia, una ética del pudor la oculta, Sin embargo, en artistas como Miguel Ángel, el arquetipo del escultor superdotado, el análisis se explicita alcanzando una intensidad igual a las propias esculturas, y nos deja, gracias al mismo, el testimonio estremecedor de sus planteamientos y dudas, al fin y al cabo, de su relación pensante con su obra, de su diálogo consigo mismo ¿Por qué no iba a ser de este modo si su pasión por la escultura le ocupó su vida? A esta estirpe del escultor que se ocupa de la complejidad humana y alumbra al mismo tiempo el discurso sobre su propia obra pertenece Román Hernández (Tenerife, 1963), En él, la forma contiene, además de la forma en sí, su discurso y su reflexión autocrítica, Román se sitúa en la tradición y, actualiza, traslada la materia de sus esculturas al ahora de sus experiencia y testimonio vital. Así supera el peligro de sumarse al discurso de lo ya dicho, de mirar hacia atrás y autocastrarse en el pasado. Si Alberti fue la voz en la sombra, el talento insuficiente, incapaz de crear, el biógrafo indispensable y el teórico clarividente, la confirmación del desligamiento entre el crítico y el artista, Román es el creador que armoniza al uno y al otro. Sus discursos no sólo son poéticas sino penetraciones escrutadoras y, por el contrario, sus inscripciones no sólo líneas, sino voces destacadas, canto y a veces poema, y, por su puesto, sus esculturas cumplen el requisito del escultor, se bastan a sí mismas para resistir el espacio y el cuestionamiento de los otros. En este sentido es un heredero, en parte, de Duchamp, en quien el discurso crítico, su invisibilidad provocadora es elevado al primer plano, pero en detrimento del objeto artístico, en él la obra de arte está herida de muerte para revelar el tejido de discursos que la rodean. En Román, sin embargo, la obra de arte sigue siendo amada y perseguida, pero ha asumido la enseñanza de Duchamp: que el objeto de arte es por sí mismo, pero que también es por sí misma la sintaxis que lo rodea promoviéndolo, incentivándolo, castrándolo, sacralizándolo, humanizándolo. Al fin y al cabo la obra se gesta en el ser de la intimidad de un individuo que halla su ser en la palabra y los otros.

El Mago, en el tarots, tiene sobre su mesa dispuestas las herramientas necesarias para realizar sus alquimias y magias, sabe que es susceptible de mejorarse a sí mismo y ese saber lo salvaguarda de su pulsión manipuladora. La mesa es un encuadramiento en el que expone los elementos con los que cuenta para emprender su acción mágica. En realidad la mesa es una ventana. Mesa y ventana, cuadro y ventana, altar y ventana, libro y ventana, catálogo y ventana, isla y ventana y, ahora, armario y ventana. Todos estos encuadramientos se cumplen a lo largo de su trayectoria, afirman la vocación encuadradora de Román: la hornacina de cristal encierra la escultura. La escultura guarda un botiquín y un costurero, la caja enmarca el discurso sobre las bondades del rostro. En verdad todo enmarca el ámbito de un pensamiento o una emoción. La cabeza acuna la escritura. Las puertas de las alacenas exponen los dibujos de la hija. Sobre el pedestal descansa el cráneo, el compás, la esfera de fluidez, la pluma y la plomada con su cadena respectiva. La mesa expone la llanura y el horizonte de la mirada. El altar yergue las presencias erectas, los gigantes. El armario, como otro gigante, opone sus puertas codiciadas por el deseo de entrar y descubrir, su cierre y apertura, la salvaguarda de los pasadizos interiores y el paraíso del jardín cerrado que al fin se abre y se nos muestra. Pero antes de llegar al Armario de luces y sombras hallamos un caminos de objetos: cántaros y moldes, maquetas libros y atriles, balaustres y cactus, pinceles y encéfalos, tuneras y pomos, pájaros y pergaminos. El pinto y la peana se vuelven diáfanos , se ahuecan para almacenar los atributos de las cabezas que sostienen: un tío fallecido por cáncer de huesos, un homenaje irónico a un movimiento pictórico hispanoamericano, un monumento al baile de la trinidad. El espacio ha de estar flanqueado por Las repisas de la memoria, en ellas ordenados los libros preferidos e incluso los fetiches. Todo ha de conducirnos al Armario de luces y sombras que es la apoteosis de la intimidad expuesta.

El Mago, el manipulador por antonomasia, para su liturgia dispone de la mesa de su taller. En el caso de Román su mesa de operaciones es la de un escultor que también es pintor. En la mesa de Román, junto a las gubias, cinceles, punzones y discos de diamante y widia, además hay pinceles de pintor. Él entronca con la tradición de la imaginería y curiosamente, esta inclinación le abre un camino hacia la escritura y el lirismo, hacia lo abstracto. Si sus policromías al comienzo fueron búsqueda de la verosimilitud y la encarnadura, poco a poco se convierten en testimonio, signo conceptual del autor pensante. Reniega del estofado y el adorno de los vestidos. Las superficies de sus esculturas aparecen entonadas por el afán de decir, así que la policromía, una técnica destinada, en principio, a imitar la carne, la destina a mimetizar en la materia la voz de los textos entregados. A veces, en sus esculturas más severamente abstractas, no hay policromía sino laqueados blancos, superficies inhóspitas. El blanco con su simbología ambigua de luz y fría devastación se apodera de los pequeños objetos y los altares. Pero la policromía no sólo conecta las formas con la palpitación crítica y poética de Román, sino que, por el color y el juego del diseño y la línea, lo devuelve a la alegría. En la exposición Testimonio de una ausencia, en la Galería Palazzo (Palazzo Coveri, Florencia) y el Museo de San Agustín (Génova), de Septiembre a Noviembre del 2010, Román inaugura su ahondamiento en el color y lo alegre. Su sistema de contenciones, el de la forma frente al discurso crítico y viceversa, que le ha servido para templar su perplejidad ante la muerte, y exponerla de modo asimilable, le da un vuelco, y nos sorprende con un estallido de naranjas y azules, verdes y fucsias. Policromía y diseño, carcajada del color y la línea que busca la fijeza celebrante de los motivos textiles, las dentaduras de los puzzles o la descripción de las neuronas. El diseño en el festín de la línea y el primor de sus publicaciones. Sus libros y catálogos, otra fiesta en la que invita a los amigos escritores a caminar junto a su obra. Ventanas de participaciones. Después de este aflojamiento inesperado de la tensión trágica en Florencia, Román regresa a su testimonio anterior, quizás para cerrarlo definitivamente con una apoteosis. ¿Qué otra cosa puede ser el acantilado símbólico del Armario de luces y sombras frente al destino? ¿Será el final de un discurso, el fruto sazonado de una singladura que llega a su fin para renacer de otra forma? ¿Será la superación de una ventana de isla, de la melancolía de la insularidad y del azogue de la identidad? ¿Él que ha alcanzado la utopía de la felicidad en la isla de las maldiciones, junto a su mujer y su hija, en su casa esforzadamente construida como un balcón sobre el mar, su casa que es una párpado sobre la inmensidad del océano, habrá superado la ventana de la isla?

Necesidad de una suma poética. Lo que fue piedra afilada sobre el lecho, resistente a la corriente del río, canto, voz destacada, se convierte en cierre, en liturgia y conjuro del ave que se quema para volver a nacer. En ello creo que reside la intensidad del Armario de Luces y sombras, de este mueble desechado que Román recoge de la calle y recupera. Ese armario tirado también cantaba, también destacaba entre los desechos de una casa de no se sabe quién. Él hubo de rescatarlo y restaurarlo, embellecerlo con policromías ocres y marfileñas, aderezarlo con los conceptos de las frases y sus poemas. El decidió introducirlo con un camino de objetos, franquearlo con las repisas de la memoria y las cabezas de las esfinges que coronan los relicarios para proteger los límites, él hubo de habilitarlo como una mesa vertical de aguas, como una ventana erecta, para recordarnos que se alza igual a un acantilado, a un sagrario que guarda y protege, en sus islas y encuadramientos, nuestros tesoros.

Fermín Higuera

Madrid 26 de Marzo de 2011

Anuncios

No olvides que solo eres real cuando tocas y te tocan

Etiquetas

,

“No olvides que solo eres real cuando tocas y te tocan” Fermín Higuera

• El poeta y pianista Fermín Higuera presentó su último libro “Religare” en el Conservatorio Profesional Amaniel.

• La aportación original de “Religare” al pensamiento es la idea de la corporalidad de la música que es capaz de tocar las emociones del otro.

Madrid, Noviembre de 2011.- El poeta y pianista Fermín Higuera presentó el pasado 11 de noviembre en el Conservatorio Profesional Amaniel, su último libro “Religare”, una obra que expresa el diálogo del autor entre la música y la poesía.

En la presentación del libro estuvo a cargo de Sol Bordas Vicedirectora del Conservatorio Amaniel, Juan José Martín Ramos Director de la colección de libros “Los Conjurados” y editor del libro, Miguel Losada, prologuista del libro y el escritor Carlos Querol.

“Del milagro musical es realmente de lo que hablan las páginas en este libro” Afirmó Juan José Martín Ramos, editor del libro. Por otra parte Miguel Losada enfatizó en uno de los versos del libro: “No olvides que sólo eres real cuando tocas y te tocan” dice Fermín. Y así, como la mano se desliza sobre el marfil y al tocar invoca los sonidos primigenios, el pensamiento expande su voluntad de creación, toca las cosas y al tocarlas las hace existir, les da vida, concepto y luego las transforma en una multiplicidad de formas que van aún mas allá de la fiera suavidad de las palabras.” Carlos Querol ponderó el valor pedagógico de la obra, destinada, según él, introducir el método poético en la enseñanza del piano: “Los dedos, protagonistas “versales”, personifican al pianista en su conjunto. Éste, modesto para verse reflejado entero en el espejo de las teclas, participa de una sabiduría que no le pertenece nunca, ni siquiera cuando le es dada para transmitirla… “

Luego de la presentación del libro, Fermín Higuera leyó algunos de los poemas del libro acompañado por uno de sus alumnos Pablo Hernández y la poeta Verónica García. Después procedió a tocar un par de piezas de piano y finalizó el acto realizando un bautizo simbólico del libro con agua de rosas.

Al evento asistieron personalidades de la cultura y la poesía como Javier Lostalé, Rafael José Díaz, Angel Rodríguez Abad, Juana Vázquez, Antonio Bueno, José Cereijo, Ana Martín Puig Pelat, Javier Lázaro entre otros. Después del evento los invitados degustaron un vino español cortesía de Bodegas Reina Victoria y disfrutaron de la exposición de dibujos realizados por escultor Román Hernández para el libro Religare.

Fermín Higuera, Santa Cruz de Tenerife 1961

Su primer recital de piano lo dio en el Paraninfo de La Universidad de La Laguna en 1979 y su primer libro de poemas, La carne de las hojas le fue publicado en 1980 por la editorial Benchomo. Este libro tuvo el honor de ser presentado por Pedro García Cabrera y prologado por María Belén Castro. Desde entonces no ha cesado de dedicarse a la música y a la escritura. Ha dado conciertos como solista y de música de cámara, ha compuesto un pequeño catálogo de piezas para piano solo y, también se ha dedicado a la docencia, lleva 25 años enseñando en la red de los conservatorios nacionales. En este ámbito ha publicado ensayos de temas musicológicos y libros de iniciación. La pedagogía para él es el arte de las artes. Como escritor ha dado a la luz una de las obras poéticas más extensas y relevantes de entre los autores que comenzaron a publicar en Tenerife a partir de los años 80.

Voces en la presentación de RELIGARE

Etiquetas

, ,

De izquierda a derecha: Fermín Higuera, Carlos Querol, Sol Bordas, Juan José Martín y Miguel Losada

De Las orillas del canto

“Lo que hace Fermín Higuera en este “Religare” es bien distinto. No se trata de que la palabra se haga música, ni la música palabra. Es otra cosa.
Aquí, palabra y pensamiento surgen desde la entraña del propio hecho musical y cuanto lo circunda. ¿Cuál puede ser la relación del canto, su epifanía, con el monótono pase de la rueda que entre los dedos hace girar los días?.
Fermín no nos ofrece el mundo consentido sino que va tentando la oscura claridad de las cosas, buscando reconocerse a sí mismo en el esfuerzo lento de la aprehensión del texto, hasta que éste encuentre su propia plenitud en la consistencia del canto.
Religare. Juntar. Amarrar. Volver a atar o ceñir más estrechamente una cosa. Conjunto de lazos que unen al hombre con la divinidad. Valor último.
“Desposesión del espacio”. “Pensamiento del oído”. Una red de horizontes que lleva al canto a modelar los paisajes del espíritu, los sonidos de la piel.
Tacto. Tacto. Tacto.
Llegar al otro hasta poder sentir el roce de su cuerpo. Y ya no ser. Los dedos al acecho de sonidos tan puros como claros de bosque que no nos pertenecen. El ébano y marfil de los abrazos.
Y hacer sonar la luz más allá de los sueños. Unión con lo que somos. Religare.”

Miguel Losada.

Bienvenidos a los Lugares del Alma

Etiquetas

, , , ,

Desde El Mío Cid se fija el agravio como uno de los asuntos fundamental del alma española. La impunidad del Rey amancillando los dones y el honor del Cid, la literatura, primero oral y después escrita, proyectan sobre la colectividad un conflicto a resolver. La sinrazón de poder político, al dictaminar el exilio del héroe, establece el camino de la restitución, sus luchas, sus revueltas, sus rebeldías, como lugar de la propia alma.

Normalmente el fragor y el tumulto de estas luchas y rebeliones se convierten en el lugar del la propia alma, olvidando su raíz de agravio y su sanación, que no es otra que devolverlo al estado de gracia anterior al castigo injusto. Así, podemos seguir, por nuestros recuerdos la pulsión y el entusiasmo de la lucha: sucesiones de combates de gladiadores, de corridas de toros, de partidos de futbol, de programas de televisión para hienas, de guerras civiles y con el más allá, de combates a muerte entre escuelas poéticas. En todas ellas, se persigue discriminar al vencedor y al vencido, al bueno y al malo, al que detenta la razón y no la detenta y, este principio de alteridad no asumida, traumática, es el síntoma que enhebra, como un hilo de veneno, la memoria.

Habría que darle la vuelta a todas estas cosas. Por ejemplo, enseñar la poesía del S.XVII, no como una lucha entre Culteranos y Conceptistas, sino insistir en la grandeza de la poesía de un país que fue capaz de dar dos escuelas que se oponían, pero que se entremezclaban y, sobre todo, que trascendían en sus seguidores y aportaciones, no solamente en España, sino en ultramar.

Todo ello para invitaros a entrar y participar de LUGARES DEL ALMA, con vuestros textos y comentarios, con vuestras lecturas y escritos, en donde podréis entrar en contacto con cuestiones que la materializen. Lugares para deshacer los recuerdos negativos, para el acendramiento de la inspiración , en donde motivar, fortalecer, poner en contacto los caminos positivos.