LAS TRANSMISIONES de Rafael-José Díaz (Madrid, 2014, Editorial Polibea, colección La espada en el ágata)

 

Del mismo modo que la cualidad humana que se revela en el trato con Rafael-José Díaz
es la cordialidad, las gradaciones delicadas de los tonos es lo que se muestra en su escritura. Al leerlo se genera la aparición de un muchacho que sopla a las hojas, haciendo dación de su alma con suave empuje. Transmisión de vida más allá de lo viviente en el cuerpo metafísico, anhelante del contacto con la mirada del lector incierto. Pero este don de nuestro autor, que sabe vivificar las hojas mediante la entrega de su aliento, exige unos trabajos, una discriminación, un compendio de negaciones, pues el rapto al que se somete el que escribe cuando está inmerso en la escritura, mentalmente o sobre el papel, lo obliga a cerrarse a otras vivencias. Si para el artífice el canto es la línea limpia y ascendente de la alondra, para el amante insatisfecho y hastiado “La escritura es, por tanto, el gran desagüe de las rememoraciones desgastadas, de los sueños empobrecidos y de los instantes despojados de cualquier realidad”, estableciendo unas dicotomía entre las experiencias de la escritura y las amatorias. Esa revisión descendente del mito de Orfeo denota, en nuestro autor, una gestión similar al alarido entre el dios que a su través insufla vida en los textos y el hombre normal que se ve obligado a mirar a través de la ventana o a salir por la puerta hacia los otros, una antagonismo entre el canto y la realidad, que es desolación del amante fracasado porque no encuentra en la experiencia amorosa un recurso, un refugio hacia donde acudir como en la escritura, pero que, además, es motivo de un ensanchamiento de los límites del canto, porque el sujeto se ve obligado a asomarse a través de la ventana o a salir por la puerta hacia los otros. “Miro hacia la ventana de enfrente. En ella se ven, como sombras fugaces que huyen de la luz, los cuerpos de quienes se deslizan junto a nuestros cuerpos en la promiscuidad de la piscina”. He aquí el antiguo dilema entre si la escritura es caverna y refugio o confluencia.

La singularidad, virtud tan unida a la isla, también es propia de los pájaros que cantan. Por muy advertidos que se hallen de los peligros del investimiento del canto, por muy adiestrados que se hallen en contabilidades filológicas, fortalecidos en credos estéticos restringidores, la pasión de la entonación los posee haciéndolos sentirse únicos, o lo que es lo mismo, apartados. “Quien ha estado en un lugar posee la arrogancia de una certeza: la certeza de haber estado en un lugar; quien ha estado en un lugar apartado posee, además, la arrogancia de una singularidad: la singularidad de haber estado en un lugar apartado.” Esta pasaje cifra una de las facetas del drama de nuestro autor, que aquí culpa a su don y, su posterior reconocimiento, de caer en arrogancia, causa de una posible falta de plenitud en las confluencias y los encuentros. Este fragmento debe ser tomado como un faro que nos guía en el pensamiento poético de Rafael. Después de esta intervención cuestionadora en el canto, o en el ungimiento del que se piensa acreedor el escribiente, ya sólo es posible volcarse en la realidad, mediar entre las herramientas del oficio y las paradojas de lo real que articula cada instante. Pero todo este tumulto, esta discusión sin cuartel en uno mismo, también es retórica poética, indudablemente estremecedora y verdadera en su dolor y angustia, pero fruto de una mala comunicación entre ambas cuestiones, la pulsión del canto y su autoridad aisladora y la apuesta emocional que nos obliga a la fruición y plenitud del instante. La memoria entonces, cuando corrobora este dilema no resuelto, lo que es lo mismo que certificar una muerte, se vuelve oficio de tinieblas. “Tahodio” es otro réquiem, diferente a la despedida del amigo desde la azotea que da a los grandes árboles del parque de su ciudad. Esta vez es una misa de difuntos panteísta, en la que el autor empatiza con la naturaleza radical del barranco. En sus fugas vertiginosas sintoniza con la depresión sin regreso de otro amigo muerto. Desde este enmarcamiento se permite, incluso, conectar con el inframundo. Aquí se abre a fenómenos de sincronía, se da licencia para con el ocultismo, superando los escrúpulos de una formación racionalista e enciclopédica.

El camino que hacen los pasos al andar enhebra cada uno de las prosas de este libro. Los pasos que no son exclusivos de los pies, porque también lo son del pulso escritural y, a pesar del camino y los pies que se metamorfosean, del propio sujeto y sus anhelos, surgen las transmisiones, floraciones inesperadas, amarilis de melancolía y broma, de juego y verdad. Si hay una transmisión en el substrato de este libro, es el de una canción deseante de amor. A mí me parece oír en él, de fondo y constantemente, la canción titulada “Amarilis” y compuesta por Giulio Caccine (1610) cuando lo leo. Aquí quiero celebrar la intuición poética de Juan José martín Ramos, el editor, que diseño en la portada un jardín de heliconias y esterlicias, en un segundo plano, y una canarina, que yo creo más un amarilis, en primero, haciendo referencia al canto del enamorado, que nos retrotrae a la música más oculta del libro.  El recorrido del paseo junto al mar, en “Arinaga”, es una melodía del pensamiento, donde las digresiones, el humor, la ironía y, por qué no decirlo, el lirismo, convergen en el camino, hacia un final limpio, una cadencia que cierra el pulso reflexivo y satisface a la propia escritura. En “El Pris” podemos leer este fragmento: “Me senté y dejé que, por un rato, mis cabellos ondearan en el viento (¿ por qué tenemos que estar espantados siempre a la cursilería, por qué no hacer o decir a veces la primera cursilería que se nos pase por la mente, a ver, por qué, caros amigos?)”. Y aquí cuestiona la reacción contra la sentimentalidad, revisa el rechazo de la cursilería y las saturaciones emocionales, precepto labrado a fuego en las últimas generaciones, con el que se pretende superar los excesos del Romanticismo, cuando en realidad tan sólo cumple una de sus aspiraciones, mediante la discriminación y posterior serialización de los elementos de un libro, de que cada obra encuentre su propia autonomía y organicidad. Los tonos del relato se irán oscureciendo hacia el final del libro, hasta adquirir una oscuridad insoportable. “Lausana” es un ejemplo de relato negro, puro en su expresionismo descendente y siniestro. “Punta hidalgo” una revisión demoledora de la misericordia, entendida como padecimiento del fracaso y las miserias de las pústulas. En “Lo que no puede decirse”, los quejidos de un viejo, posiblemente víctima de asma o enfisema pulmonar, atraen al andariego, al yo categórico del texto, de igual modo que una sirena ambigua pide ayuda. El caminante ha de descubrir que tan sólo son los quejidos  de un anciano que respira malamente y que su curiosidad viola la intimidad de su caverna con tan sólo mirarlo. Aquí no tiene sentido la alarma ni la solidaridad. El esfumato de sus maneras, la calidad soplada del tono de nuestro autor se vuelve transparente y proclive al feísmo, una dureza demoledora va constriñendo al lector e la intemperie de los cuartos miserables, de las montañas heridas que anhelan huir por el mar (“La montaña de Fasnia”), del pueblo pesquero bendecido por la paradoja de la misericordia que lo corrompe y señala su fracaso, o la boca del barranco que amenaza con tragarse a la urbe ( “Frases de la ciudad arrinconada”), la polis que es la escritura, urbanismo de calles y manzanas, de párrafos y frases. La carta final, la coda del libro, no es trascendental, como la de Rilke al joven poeta, sino real, sujeta a la fruición del instante y aporta un rayo de luz, una vivencia de la sombra ascendente. En este sentido, nuestro autor, al menos en este texto es más proustiano que rilkiano y prefiere escribir saboreando un níspero y departiéndolo, a hacerlo arrodillado, mirando con humillada súplica las grandes preguntas de la humanidad.

La madurez de una prosa ejemplar en la que el autor logra expresar las facetaciones de su personalidad. La valentía del que se desnuda y se muestra, enseñándonos su pensamiento poético pero también sus miserias vitales. El deseo de asumir la totalidad de las experiencias, de reivindicarlas y dignificarlas, honrarlas como materia desde donde surgen la reflexión que ayude en las transmisiones, esas detonaciones salvajes que a pesar nuestros se nos escapan, delatando una aparición que es más preciosa que los tesoros. El fingimiento que juega con las máscaras y nos entrega verdad. Todas ellas son razones que me han hecho feliz leyendo y presentando este libro. Así que os lo recomiendo. Soy un admirador del mismo. Pero os advierto: la prosa que avanza suave y fluida, que nos acaricia como un soplo, esconde oscuridades terribles, círculos infernales. Dulzor y amargura, fluidez donde se agazapan acantilados. Vacío y plenitud son condiciones de la vida y Las transmisiones es una obra que logra conciliarlos.

 

 

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